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декабрь 25, 2025
Mujeres en el exilio trabajan más, ganan menos y cargan con el mayor peso del hogar
Mujeres nicaragüenses que han buscado refugio en Costa Rica enfrentan una triple carga: menos ingresos, más responsabilidades domésticas y mayores barreras para integrarse al mercado laboral. De acuerdo con datos de Acnur, el 52% de las personas refugiadas y solicitantes de asilo en Costa Rica son mujeres, muchas de ellas, jefas de hogar. Estudios de organismos regionales confirman que el exilio profundiza las desigualdades de género y empuja a miles de ellas a sostener el hogar, el cuidado y la economía en condiciones de precariedad y discriminación

TL;DR
- Nicaraguan women in exile in Costa Rica report starting over with fewer opportunities and higher living costs compared to their home country.
- Many women experience a significant loss of economic stability and purchasing power after migrating.
- Exiled women often take on the majority of domestic chores and childcare, in addition to working, leading to a "double jornada" (double shift).
- Structural gender inequality means women already performed more care work before migrating, and this burden intensifies in exile.
- ACNUR data shows over 240,000 refugees and asylum seekers in Costa Rica, with 83% Nicaraguan, and 52% of asylum seekers being women, many with dependent children.
- Persistent gaps in access to rights and prolonged processing times affect integration, with high poverty rates (23.3%) among this population.
- A study on forced migratory mobility highlights that 87% of women experienced anxiety or deep sadness, and 75% reported significant loss of purchasing power.
- The "invisible workload" of domestic tasks, schoolwork, and medical appointments often falls disproportionately on women, even when a partner is present.
- Women are often relegated to informal, undervalued jobs or excluded from the labor market due to caregiving responsibilities, regardless of their qualifications.
- Xenophobia and discrimination are prevalent, with Nicaraguan migrants facing stereotypes and exclusion from employment, housing, and services.
- Existing migratory policies often overlook the specific realities and gendered experiences of exiled women, lacking comprehensive legal frameworks.
- Despite losses, some women find empowerment through awareness, support networks, and personal growth initiatives, prioritizing mental health where possible.
- The professional identity of exiled women is often lost as they transition to caregiving roles or informal labor, excluded from their fields.
- Nicaraguan women in exile face systemic exclusion, where gender, socioeconomic status, and migration status compound vulnerabilities.
*Camila* llegó a Costa Rica en 2024 con una mochila llena de ropa, los papeles de su hijo con un diagnóstico médico, y un cuerpo habitado por la ansiedad. Tenía 32 años y una vida construida en Managua. Una casa propia. Un trabajo estable. Una rutina cómoda. Todo quedó atrás, cuando el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo intensificó su vigilancia contra su entorno.
“Llegar al exilio fue como volver a cero. Aquí todo es más complicado. Las oportunidades cuestan más, las cosas son más caras y mi experiencia o trayectoria no tienen el mismo reconocimiento que en mi país”, dice Camila.
Sofía, otra nicaragüense de 40 años, también califica su exilio como una regresión de sus logros personales. Cuenta que, a pesar de la represión y situación política que vive Nicaragua desde 2018, su trabajo en una empresa privada le había permitido gozar de una estabilidad económica, con la que no cuenta desde que llegó a Costa Rica en 2023.
“En mi país tenía una persona que me ayudaba con las labores domésticas y el cuido de mis hijos, mientras yo me dedicaba a trabajar. Ahora, en el exilio, ese es un lujo que no puedo darme. En lugar de pagarle a alguien, he tenido que asumir las labores domésticas y a la vez, trabajar desde mi casa. Paso entre los oficios y la computadora”, señala Sofía.
Muchas mujeres migrantes deben encargarse solas del hogar, el cuidado de sus hijos y la generación de ingresos en condiciones complejas. DIVERGENTES/Archivo.
De acuerdo con datos del Annual Results Report 2024 de ACNUR, Costa Rica cerró 2024 con una población refugiada y solicitante de asilo de más de 240 000 personas. Alrededor del 83% es de origen nicaragüense.
Del total de solicitantes de asilo en Costa Rica, el 52% son mujeres, de estas un 38% tiene a su cargo al menos un hijo o hija menor de edad. El informe registra brechas persistentes en acceso a derechos y tiempos de trámite prolongados que afectan su integración en este país. Señala un acceso a salud del 71.7% y una incidencia de pobreza de 23.3% entre esta población. De acuerdo con el estudio, la modernización del sistema de asilo redujo parte de la mora y amplió permisos de trabajo, pero la duración promedio entre el registro y la primera decisión supera todavía los 1000 días.
El informe La Mochila Invisible, publicado en junio de 2025 por el Instituto de Prensa para la Libertad de Expresión, IPLEX, en alianza con DW Akademie, recoge testimonios de 13 mujeres centroamericanas en movilidad migratoria forzada que viven actualmente en países como Costa Rica, Guatemala y México.
El estudio revela que el exilio no sólo interrumpe vidas, sino que profundiza las desigualdades preexistentes. El 87% de las mujeres entrevistadas reportó haber experimentado ansiedad o tristeza profunda desde su salida del país, mientras, el 75% señala una pérdida significativa de poder adquisitivo. Casi la mitad (49%), considera que su salud mental se ha deteriorado desde que migró.
La feminista nicaragüense María Teresa Blandón explica que la sobrecarga que enfrentan las mujeres migrantes no es un fenómeno nuevo, sino la continuación de un patrón estructural de desigualdad. Recuerda que, incluso antes de migrar, las mujeres ya asumían la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidado en sus países de origen.
Blandón señala que la evidencia regional demuestra que las mujeres realizan hasta tres veces más trabajo de cuidados que los hombres y que, en el exilio, terminan absorbidas por jornadas no remuneradas, combinadas con empleos precarios que no reconocen su formación profesional.
“Los datos que aporta la CEPAL dicen que las mujeres aportan hasta tres veces más de horas de trabajo a la semana en esto que llamamos trabajo de cuidados. Cuidar de los miembros de la familia, de los hijos pequeños, de las personas mayores. Y estamos hablando de un trabajo que no es remunerado”, indica Blandón.
Esta es precisamente la situación que Camila y Sofía viven a diario. Ambas coinciden en que la vida en el exilio implicó pérdida de redes familiares y sociales, pérdida de su poder adquisitivo y una carga de cuidados que limita su desempeño laboral.
Camila vive con su esposo y su madre. El apoyo familiar ha sido crucial para sostener el cuidado de su hijo, que requiere terapias constantes. Ella cuenta que proviene de una familia nicaragüense numerosa y unida, por lo que contaba con una amplia red de apoyo, que no existe en Costa Rica.
Señala que en su hogar existe colaboración y ambos aportan ingresos, pero el balance no siempre se percibe parejo. Aunque reparten tareas, la organización diaria y la toma de decisiones suelen recaer en ella, lo que incrementa la carga mental.
“La carga del hogar del cuido de nuestro hijo es bastante equilibrada entre ambos. En el exilio no existe la opción de que solo uno trabaje. Los dos debemos generar ingresos, así que las responsabilidades se reparten. Aun así, siento que como mujer siempre me preocupo un poco más”, relata.
No todas corren con la misma suerte. El estudio de IPLEX describe trayectorias marcadas por la maternidad en solitario, el cuidado de personas adultas mayores y la asunción completa de la jefatura del hogar en contextos de ingresos inestables. Relata casos de mujeres que, aun con pareja, cargan la mayor parte del “trabajo invisible”, tales como cocina, limpieza, tareas escolares, citas médicas y diligencias institucionales.
Ese es el caso de Sofía, quien admite que, aunque su esposo contribuye a las labores del hogar, sobre ella recaen algunas tareas que son “indelegables”, como la preparación de los tres tiempos de comida al día y algunos oficios que ella realiza con más destreza.
“El exilio nos ha llevado a nuevas dinámicas familiares en las que tratamos de compartir las labores de la casa, sin embargo, sigo llevando la mayor carga. Hay días en los que siento que trabajo menos tiempo que mi esposo porque en definitiva hago más oficios que él”, cuenta la nicaragüense.
“El trabajo de cuidados no tiene fronteras. En las personas que han migrado, las mujeres siguen asumiendo ese trabajo y sigue teniendo una marca sexista. A eso se suma que deben cargar con este peso dentro de la familia y también trabajar en las áreas que se les ofrece con mayor frecuencia en los países de acogida”, señala la activista y defensora de derechos humanos, María Teresa Blandón.
En Costa Rica, mujeres nicaragüenses en situación de refugio enfrentan una doble jornada: trabajo remunerado e invisible carga doméstica, sin respaldo institucional ni redes familiares. DIVERGENTES/Archivo.
Según el estudio de IPLEX, el 69% de las mujeres en movilidad forzada dedica más de cinco horas diarias a tareas de cuidado. A pesar de tener títulos universitarios o experiencia profesional, muchas terminan relegadas a empleos informales, subvaloradas o fuera del mercado laboral. “Las capacidades de las mujeres exiliadas no desaparecen, pero las oportunidades sí”, advierte el informe.
Por otra parte, la CEPAL ha advertido que el empobrecimiento de los hogares migrantes encabezados por mujeres es más pronunciado y sostenido. Las brechas de inserción laboral, salud y educación aumentan cuando las condiciones migratorias son irregulares o cuando no hay redes de soporte.
La organización de los cuidados condiciona el empleo de las mujeres en exilio. Acnur advierte que la disponibilidad horaria queda limitada cuando hay menores o personas dependientes, lo que empuja a muchas a la informalidad, a trabajos por debajo de su calificación o a jornadas partidas incompatibles con el cuidado.
“En Nicaragua podía apoyarme en una persona para el cuido de mi hijo o incluso recurrir a mi familia. Aquí no tengo esa posibilidad. No puedo pagar ayuda y tampoco cuento con una red de apoyo. Eso hace que el tiempo sea más limitado y que las responsabilidades aumenten. Y si a eso le sumo que mi hijo requiere terapias, consultas y más acompañamiento, la carga es todavía mayor”, describió Camila.
Las expertas consultadas en “La Mochila Invisible” sostienen que el exilio no interrumpe las violencias de género, sino que las reconfigura. Alejandra Negrete Morayta, especialista en libertad de expresión y género, lo define como continuidad.
“La violencia estructural también permea cuando las mujeres están en el exilio. Es un ciclo continuo de violencia. Salen de un círculo de violencia para entrar a otro círculo de violencia por razones de género”. Su lectura coincide con la evidencia de Acnur sobre riesgos altos de violencia contra mujeres y niñas y sobre el subregistro de casos fuera de las ciudades principales.
La discriminación también forma parte de la mochila invisible de las mujeres exiliadas. “Cuando digo que soy de Nicaragua, cambia la forma en que me perciben”, explica Camila. “Siento que esperan que encaje en un estereotipo”, añadió.
Este rechazo se agrava en países donde los discursos de odio han ganado terreno. La Relatoría sobre los Derechos de las Personas Migrantes de la CIDH advirtieron sobre la proliferación de estigmas hacia mujeres migrantes, especialmente aquellas que son madres solteras, indígenas o trabajadoras del hogar. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en Costa Rica persisten patrones de exclusión que afectan el acceso al empleo, la vivienda y los servicios de salud.
“Una vez me dijeron que si venía de El Salvador, seguro era parte de una pandilla. Me dolió muchísimo. Yo lo que quiero es trabajar, estudiar, vivir tranquila”, dijo una mujer salvadoreña citada en el estudio de IPLEX.
En Costa Rica, las denuncias por xenofobia contra personas nicaragüenses aumentaron desde 2018. Aunque el país mantiene una política de refugio relativamente abierta, los recursos institucionales son limitados y no siempre contemplan enfoques diferenciales por género o por situación socioeconómica.
Ilustración por Hellmutt Escobar para DIVERGENTES
A pesar del volumen y las condiciones específicas que enfrentan las mujeres exiliadas, las políticas migratorias siguen siendo ciegas a sus realidades. El informe elaborado por IPLEX destaca que ningún país de la región cuenta con un marco legal integral que proteja de forma efectiva los derechos de las mujeres en movilidad forzada.
Organizaciones como el Colectivo 8 de Marzo y el Servicio Jesuita para Migrantes han insistido en la necesidad de incorporar un enfoque interseccional. La violencia que enfrentan las mujeres exiliadas no es sólo física, sino también simbólica, institucional y económica. Muchas son madres solteras, jefas de hogar, mujeres racializadas o con discapacidades. La acumulación de estas condiciones las convierte en población especialmente vulnerable.
“Cuando fui a inscribirme a la Caja del Seguro Social en Costa Rica me cuestionaron sobre cómo iba a pagar. Mi esposo también fue y lo inscribieron sin problema, sin cuestionar sus ingresos. Me hizo pensar que creen que las mujeres no somos generadoras de ingresos y somos vistas como una carga para el sistema”, recordó Sofía.
En el informe de la Mochila Invisible, varias participantes expresan que, aunque han perdido casi todo, han ganado conciencia, redes de apoyo entre mujeres o espacios de formación. Algunas participan en colectivos, redes de defensoras o grupos religiosos. Otras intentan retomar sus estudios o emprendimientos.
Camila sostiene que el acompañamiento psicológico ha sido clave para su proceso de adaptación. “No he podido atenderme como mujer como antes, pero al menos he priorizado mi salud mental. Es lo único que me he dado permiso de mantener”.
Esta investigación registra que el 82% de las mujeres exiliadas no puede acceder a espacios de cuidado personal o recreación, y que el 59% no acude a chequeos médicos regulares. El despojo se vuelve integral. Cuerpo, tiempo y emociones quedan al margen.
Feministas nicaragüenses exiliadas en Costa Rica se manifiestan, denunciando la represión en su país y reivindicando sus derechos en contextos de migración forzada. DIVERGENTES/Archivo.
María Teresa Blandón advierte que, aun cuando las mujeres migrantes cuentan con estudios universitarios o trayectoria profesional, los países de acogida les cierran las puertas a empleos calificados. La falta de reconocimiento de títulos, los trámites engorrosos y la necesidad de generar ingresos inmediatos las empujan a aceptar trabajos informales o de cuidados, aunque no sean acordes con su experiencia.
La especialista enfatiza que esta degradación laboral no es accidental sino el resultado de sistemas migratorios que no consideran las capacidades de las mujeres ni garantizan el acceso a condiciones dignas de empleo.
“Encontramos muchísimas mujeres con profesión, con títulos, que van a los países donde tienen que migrar a hacer trabajos de cuidado. Otras oportunidades que tienen que ver con las profesiones no son ofrecidas para personal migrante, aún cuando sean mujeres con un buen nivel de calificación”, detalla Blandón.
El informe de IPLEX señala que muchas mujeres sufren una pérdida de identidad profesional. Dejan de ser maestras, abogadas, periodistas, emprendedoras. Se convierten en cuidadoras invisibles, excluidas de la economía formal.
Tal es el caso de María, una periodista nicaragüense de 35 años que tuvo que dejar su profesión en el exilio para dedicarse a otras labores no calificadas, ya que no obtuvo empleo en ningún medio de comunicación de los cuatro a los que aplicó.
“Nuestra profesión no vale nada en Costa Rica. los hombres al parecer tienen más oportunidades que nosotras. Conozco cinco colegas nicaragüenses que se han podido colocar en medios ticos, pero ninguna mujer lo ha logrado. Yo apliqué en varios lugares y en ninguno consideraron mi currículo”, comentó María, quien actualmente labora como despachadora en una tienda de conveniencia.
Una historia similar le ocurrió a Carolina, una nicaragüense que se graduó de la carrera de Administración de empresas en Managua y actualmente labora en un salón de belleza en el centro de San José. “No pude obtener un trabajo acorde a mi profesión, así que tuve que optar por lo que me saliera y encontré un empleo donde tuve que aprender un nuevo oficio para sobrevivir en este país”, contó la mujer de 32 años.
La encuesta de necesidades de ACNUR para 2024 indica que el 74% de las mujeres solicitantes de asilo en Costa Rica son jefas de hogar. Más del 60% afirmó no contar con apoyo para el cuido de sus hijos o familiares dependientes, lo cual afecta su acceso al empleo, la educación y la salud. Además, cerca del 45% reportó haber experimentado algún tipo de violencia o discriminación en el contexto del desplazamiento.
Camila y Sofía no han dejado de trabajar en sus profesiones ni un solo día desde que llegaron a Costa Rica. Mantienen a flote su empleo remoto, cuidan a sus hijos y realizan las labores domésticas.
El estudio La Mochila Invisible advierte que las mujeres migrantes y refugiadas como ellas están atrapadas entre ser proveedoras, cuidadoras y gestoras del hogar en un contexto que las relega a la informalidad, la subcontratación y la exclusión de derechos.
“La mochila de las mujeres migrantes está llena de tareas invisibilizadas, de cargas que no se distribuyen equitativamente y de barreras estructurales que limitan su autonomía”, concluye el documento.
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