politics
январь 8, 2026
Alegría por la caída de Maduro, sin ingenuidad ante Trump
Wilfredo Miranda Aburto 6 de enero 2026

TL;DR
- A US invasion, ordered by President Donald Trump, leads to the capture of Venezuelan President Nicolás Maduro and his wife.
- The author, a Nicaraguan living in exile, expresses a mix of joy and apprehension regarding the invasion, citing Maduro's alleged human rights abuses.
- Concerns are raised about the US's motivations, including potential economic interests and an imperialistic approach dubbed 'Donroe' doctrine.
- The article criticizes the international community's previous inaction against dictatorships and questions the sincerity of some regional leaders.
- The author suggests that while Maduro was removed, the underlying Chavista power structure, led by figures like Delcy Rodríguez, remains, and opposition leader María Corina Machado's role is uncertain.
- The article concludes that while Maduro's fall offers a glimmer of freedom, the Venezuelan people's aspirations for democracy are not yet guaranteed, with external interests potentially overshadowing their will.
La madrugada del tres de enero, apenas empezando a mascar el Año Nuevo 2026, el celular empezó a vibrar con insistencia. Me asusté por la hora, casi las dos de la madrugada; hora en la que suelen a uno avisarle desgracias. Comencé a leer los mensajes y, más o menos, todos decían lo mismo: “están cayendo bombas sobre Caracas”. De inmediato empecé a buscar fuentes más fiables, a corroborar, y en efecto: helicópteros, aviones y misiles encendidos surcaban el cielo con luna llena de la capital venezolana, dejando caer trazos en llamas sobre el valle intramontano. Al poco tiempo se supo que los impactos habían sido dirigidos a destacamentos militares.
No hubo que esperar mucho para saber que se trataba de una invasión de Estados Unidos, ordenada por el presidente Donald Trump. Tras un breve lapso de incertidumbre, el magnate republicano anunció que Nicolás Maduro, el dictador bailarín, dicharachero, pero sobre todo violento, criminal y corrupto, estaba a bordo del buque USS Iwo Jima, junto a su esposa Cilia Flores, capturado y derrocado. En ese instante sentí una alegría colosal: brinqué, se me salieron las lágrimas, no lo podía creer… No es que yo sea venezolano para tomármelo a pecho, pero como nicaragüense que vive bajo una dictadura que comete crímenes de lesa humanidad, como la chavista, la captura de Maduro representa el hito más cercano a la libertad por la que tanto han persistido los venezolanos.
Es que, ¿cómo no sentir alegría por ver a un dictador que ordenó asesinar con tanquetas a cientos jóvenes en las calles, exilió a casi nueve millones, asesinó y torturó en El Helicoide, violó cualquier convención del debido proceso y los derechos humanos, y se robó en ristra elecciones, mancillando la voluntad popular —que no es otra cosa que la soberanía más sagrada—? Un dictador y un régimen político corrupto hasta el tuétano, que quebró Venezuela al malversar su petróleo, incluso para financiar dictaduras criminales como la de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
¿Cómo no sentir alegría por ver a Maduro esposado cuando todos los intentos pacíficos y democráticos emprendidos por los venezolanos durante años —al igual que los de los nicaragüenses— fueron dinamitados con métodos abyectos, degradantes e inhumanos? Es bien difícil no sentir alegría, a pesar de que esa danza de helicópteros, aviones y misiles encendidos en el cielo de Caracas revivió el nefasto pasado de las invasiones militares en Latinoamérica.
Después de la captura de Maduro se instaló el desconcierto, una condición sine qua non, por desgracia, para quienes vivimos en dictadura. Con la primera conferencia de Donald Trump tras el derrocamiento se aclaró algo el panorama, pero el cielo de Venezuela no deja de seguir turbio… En resumidas cuentas, tras la espectacular operación militar estadounidense, el presidente republicano enumeró sus prioridades: petróleo primero, negocios petroleros enseguida y una transición democrática para más adelante, sin garantías dichas.
En cierta forma se agradece la determinación de Donald Trump y de Marco Rubio para ejecutar esta operación, pero tampoco hay que ser ingenuos con la motivación principal de la administración del magnate, muy cercana a los intereses en Venezuela de petroleras como Chevron y Exxon Mobil, las cuales —no es un secreto— aportaron económicamente a su afán por regresar a la Casa Blanca.
El presidente republicano básicamente dijo que él —“Yo”, en mayúscula— y su equipo, encabezado por Rubio, asumirían la tutela de Venezuela, en un tono de claro corte imperial, dentro de una doctrina que ahora se bautiza como “Donroe”, en abierta alusión a la Doctrina Monroe que nos vio como un patio trasero sin determinación propia. Es aquí cuando los modos de esta intervención adquieren matices alarmantes, porque incurre en una invasión comparable a la de Rusia en Ucrania… se saltó la aprobación del Congreso, aunque la Casa Blanca alegue que no se trata de una declaración de guerra. No soy creyente de las invasiones, y los norteamericanos no tienen un buen récord en ese sentido: donde han intervenido han dejado caos. Baste recordar Irak y Libia, por citar ejemplos recientes.
Entiendo que la comunidad internacional señala el peligro que implica este antecedente escrito por Trump, quien habla sin tapujos de “su hemisferio”, es decir de Latinoamérica, donde en el pasado instalaron dictaduras militares sanguinarias. Estoy de acuerdo en que abre la puerta para que los rusos o los chinos sigan esa pauta de que los imperios fuertes pueden meterse en el país que les plazca, reconfigurando el mundo y demostrando sin ambages que el derecho internacional y todo ese sistema de contrapesos surgido después de la Segunda Guerra Mundial se ha ido al carajo… pero no sólo por culpa de los que recurren al “Yo” imperial en mayúsculas, sino por la inacción y la blandenguería de la comunidad internacional ante regímenes como el de Maduro y el de los Ortega-Murillo. Cuando se les decía que eran dictaduras que asesinaban, exiliaban y torturaban, sus métodos de respuestas y sus sanciones eran paños tibios sin mayores efectos.
Cuando se demostró y denunció hasta la saciedad que el chavismo se robó las elecciones frente a Edmundo González, con el impulso de María Corina Machado, ni la Colombia de Gustavo Petro, ni el Brasil de Luiz Inácio Lula da Silva, ni el México de Claudia Sheinbaum, por citar a los gobiernos de izquierda con mayor peso en la región, se rasgaron las vestiduras con la misma intensidad que lo hacen ahora que el dictador fue derrocado. Esa omisión también pesa en lo ocurrido. Durante años nunca le pusieron límites reales y efectivos a un chavismo despótico que violaba toda convención, las mismas que estos tres presidentes suelen invocar solo cuando se ponen nostálgicos frente al “imperio”.
Por desgracia, cuando el multilateralismo regional y el Estado de Derecho se convierten en un discurso acartonado en los pasillos diplomáticos de Naciones Unidas o la OEA, es cuando tocan fondo y los dictadores se perpetúan, causando un hartazgo y un cansancio doloroso en nuestros países. De modo que el uso de la fuerza, como al que recurrió Trump, termina por presentarse como la única vía para sacar a un tirano de su cama mientras duerme de madrugada y obligarlo, de alguna forma, a rendir cuentas por sus innumerables crímenes. Esa desidia y falta de garra nos han conducido a esta nueva reconfiguración mundial, donde las potencias imponen su músculo, derrocan tiranos como Maduro, pero también nos devuelven a un pasado que creíamos superado. Y es sumamente preocupante porque, tal cual como estamos viendo en Venezuela, las prioridades por ahora se anteponen a la voluntad popular. El interés supremo, por ahora, parece más un protectorado petrolero que una libertad real para que los venezolanos decidan qué hacer con su sino, tal cual se lo merecen.
Es cierto que toda transición es volátil, pero cuando es fruto de una fuerza militar foránea lo es aún más. Quizá uno de los errores de invasiones estadounidenses anteriores fue haber destruido de golpe las estructuras políticas de poder, creando vacíos que derivaron en caos absoluto, como ocurrió al eliminar de tajo todo vestigio del régimen de Saddam Hussein, lo que terminó allanando el camino para el surgimiento del Estado Islámico. Tal vez por eso Trump descabezó a Maduro, pero dejó al chavismo de alguna forma operativo, con Delcy Rodríguez como nueva presidenta, al alimón con su hermano Jorge Rodríguez. Una dupla que, por ahora, se entrevé, traicionó y entregó a Maduro y a Cilia, con alguna colusión de las fuerzas armadas, encabezadas por Vladimir Padrino López.
Pero más allá de eso, asumiendo el realismo político que implica la operación, es evidente que el poder real y fáctico lo siguen ostentando los chavistas en Venezuela. Concuerdo en que la oposición, en este momento, no tiene mucho pito que tocar en el proceso en desarrollo, no solo porque sus líderes están en el exilio, sino porque el monopolio militar y los colectivos armados sigue respondiendo a esa estructura mafiosa del chavismo, en especial de Diosdado Cabello. Controlar los fusiles es condición clave para evitar una tormenta mayor.
Tampoco debería ser sorpresa, siempre en función de las prioridades de Trump, que la Casa Blanca haya dejado al mando a Delcy Rodríguez, una izquierdista caviar muy capaz, que maneja con tenacidad y conocimiento todo el negocio de una de las mayores reservas de crudo del mundo. No es lo mismo someter, con bombas en mano, a la chavista que imponerle condiciones a María Corina Machado, quien, por mucho recelo que le tenga el presidente republicano por haber ganado el Nobel de la Paz, sí cuenta con un apoyo popular claro y decidido de los venezolanos y la mayoría del mundo.
Ese poder simbólico y moral fue atacado de manera errónea y contradictoria por Trump al torpedear a Machado de forma innecesaria después de derrocar a Maduro, sobre todo cuando su gobierno avaló el fraude electoral denunciado por la oposición. Puede tener sentido práctico apartar ahora, pero hacia adelante ninguno. Sería un error garrafal, después de este primer paso de transición aún en incierta construcción, apartar el liderazgo opositor, en especial el de Machado. No se puede denostar el poder simbólico, moral y popular expresado en las urnas. Ese es un hecho trascendental que los opositores venezolanos deben defender y que, además, deja lecciones claras para la extraviada oposición nicaragüense.
De modo que, si Trump acercó de manera decidida a Venezuela a la libertad, lo cierto es que la alegría por la caída de Maduro y entender la motivación de los intereses que mueven al magnate no sitúan propiamente a los venezolanos cerca de la democracia a la que aspiran, y por la cual han luchado y sufrido tanto, pero tanto. Por eso asquea ver cómo, de un lado y del otro, izquierda trasnochada y derecha radical manosean todo lo sucedido sin poner en el centro a los venezolanos mismos, quienes deben tener la última palabra. Todos los que hablan sin entender ni saber lo que es vivir en una dictadura o en el exilio incurren en un maniqueísmo cansino.
Por ahora, sigamos los acontecimientos, aún tiernos y envueltos en una desconcertante boga.