politics
январь 22, 2026
El chavismo acaricia el triunfo en primera vuelta ante el colapso opositor
La última encuesta del CIEP-UCR ubica a la candidata Laura Fernández en el 40% exacto que necesita para evitar la segunda vuelta. Mientras los partidos tradicionales se hunden en cifras de un dígito, el país se asoma a una reconfiguración histórica de su sistema político, impulsada por la herencia de Rodrigo Chaves y un electorado que prioriza la mano dura sobre los contrapesos

TL;DR
- The electoral campaign in Costa Rica is unusually quiet, lacking traditional campaign elements like flags and partisan rallies.
- Officialist candidate Laura Fernández is leading in polls, projected to secure 40% of the vote, the minimum required to win the presidency in the first round.
- Fernández has gained ten points in polls since December, absorbing the political capital of outgoing president Rodrigo Chaves.
- The opposition is fragmented, with the historically dominant National Liberation Party (PLN) polling at only 8%.
- The current political climate suggests a move towards a predominant party system in Costa Rica.
- Fernández may also secure a strong legislative majority, enabling her to implement her agenda without the checks and balances faced by the current administration.
- Key policy proposals include the privatization of state assets and the construction of a maximum-security prison, inspired by the "Salvadoran model."
- The campaign reflects regional trends in Central America, with a focus on security and a "tough on crime" approach resonating with voters.
- A significant portion of voters (32%) remain undecided, but the overall trend favors the ruling party.
En las rotondas de la capital y los parques de provincia, el ambiente electoral es inusualmente silencioso. Faltan las banderas en los carros y el bullicio de los piquetes partidarios que solían definir la “fiesta democrática” tica. Sin embargo, ese frío en las calles contrasta con una decisión que parece ya tomada en las urnas: a pocos días de las elecciones generales del 1 de febrero, el oficialismo está a punto de lograr una hazaña política que redefiniría el poder en Costa Rica.
Según la encuesta del Centro de Investigación y Estudios Políticos (CIEP) de la Universidad de Costa Rica (UCR), publicada este 21 de enero de 2026, la candidata oficialista Laura Fernández alcanza el 40% de la intención de voto entre los decididos a votar. Esta cifra es crítica: es el mínimo exacto que exige la ley costarricense para ganar la presidencia en primera ronda.
El dato confirma una tendencia arrolladora. Fernández ha crecido diez puntos desde diciembre, absorbiendo casi la totalidad del capital político del presidente saliente, Rodrigo Chaves. Lo hace frente a una oposición fragmentada y debilitada, dibujando un escenario de hegemonía política inédito en la historia reciente de la democracia más estable de Centroamérica.
El fenómeno electoral actual desafía la lógica tradicional del desgaste en el poder. Laura Fernández, abanderada del Partido Pueblo Soberano (PPSO), se presenta abiertamente como la “heredera” del movimiento de Chaves. Su estrategia de continuidad ha sido eficaz: el votante oficialista no busca un cambio, sino una profundización del modelo actual.
A pesar de que la administración Chaves ha mantenido un choque constante con la Asamblea Legislativa, el Poder Judicial y la prensa, su base de apoyo se mantiene sólida. La narrativa de “nosotros contra los mismos de siempre” ha calado hondo. Fernández promete seguir esa línea con propuestas de mano dura, incluyendo reformas a la Sala Constitucional y la Fiscalía, instituciones a las que el oficialismo acusa de entorpecer la lucha contra la inseguridad.
Este respaldo se da en un contexto de pragmatismo. Aunque el CIEP reporta apatía por la campaña tradicional, la intención de voto revela un deseo de liderazgo fuerte. La ciudadanía parece dispuesta a validar en las urnas un estilo de Gobierno que prioriza la ejecución y el orden, incluso si eso implica tensionar los límites de la institucionalidad democrática.
El fin del bipartidismo histórico
Para dimensionar el terremoto político que se avecina, basta mirar el retrovisor. El segundo lugar en la encuesta lo ocupa Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional (PLN), con apenas un 8% de apoyo. El PLN, la maquinaria política que construyó el Estado de bienestar costarricense y dominó la política durante décadas, se encuentra hoy en caída libre, luchando por su supervivencia como fuerza relevante.
La brecha entre el primero y el segundo lugar es de 32 puntos porcentuales, una distancia abismal que sepulta cualquier esperanza de la oposición de forzar un balotaje mediante alianzas de última hora. Más abajo, Claudia Dobles, de la Coalición Agenda Ciudadana, registra un 5%, confirmando que la crisis no es solo del PLN, sino de todo el espectro político tradicional.
Este colapso sugiere que Costa Rica transita de un sistema multipartidista fragmentado hacia un modelo de partido predominante. La oferta de 20 candidatos presidenciales solo ha servido para dispersar el voto opositor, facilitando la consolidación del oficialismo.
El poder total: la “fuerte bancada”
Más allá de la presidencia, lo que está en juego es el control absoluto del Estado. Rodrigo Chaves gobernó con una fracción legislativa minoritaria que frenó sus iniciativas más radicales. Laura Fernández, en cambio, podría llegar con lo que el CIEP proyecta como una “fuerte bancada legislativa”.
Si se concreta el “efecto remolque” —donde los votantes eligen diputados del mismo partido que su candidata presidencial—, Fernández tendría el camino despejado para ejecutar su plan de gobierno sin los frenos y contrapesos que tuvo su antecesor.
Entre sus promesas destacan la venta de activos estatales como el Banco de Costa Rica (BCR) y el Banco Internacional de Costa Rica (BICSA), así como la construcción de una cárcel de máxima seguridad inspirada explícitamente en el “modelo salvadoreño”. Estas reformas requieren mayoría en el Congreso, algo que ahora parece estar al alcance de la mano del oficialismo.
Ecos regionales: la tentación de la mano dura
La campaña costarricense no es una isla; refleja tendencias que recorren toda Centroamérica. La propuesta de Fernández de aplicar estados de excepción localizados y endurecer la política carcelaria resuena con un electorado preocupado por la crisis de seguridad y el aumento de homicidios.
La referencia al modelo de El Salvador no es casual. Busca capitalizar la demanda de seguridad inmediata, un tema que ha desplazado a la economía y la corrupción como la principal preocupación de los votantes. Costa Rica, tradicionalmente reacia al militarismo y la mano dura, parece estar cediendo ante la presión de la realidad regional.
A diez días de la elección, la única incógnita reside en el 32% de indecisos. Sin embargo, la tendencia es clara. Salvo un giro dramático de última hora, el 1 de febrero podría marcar no solo el inicio de un nuevo Gobierno, sino el comienzo de una nueva era política en la que el “excepcionalismo tico” empiece a parecerse cada vez más a la norma centroamericana.