politics
декабрь 31, 2025
Claves para 2026: ¿Consolidación o ruptura del proyecto sucesorio de la dictadura?
Juan-Diego Barberena 30 de diciembre 2025

TL;DR
- The 2025 political agenda in Nicaragua was dominated by efforts to establish Rosario Murillo's succession, driven by Daniel Ortega's deteriorating health.
- Constitutional reforms, including a copresidency formula and grants of absolute powers to Murillo, were enacted but are deemed insufficient due to a lack of political guarantees.
- Further reforms were introduced, such as retroactive nationality loss, changes to justice institutions, and police co-leadership, all aimed at facilitating the succession, highlighting the project's weaknesses.
- Widespread purges within the administration, targeting figures like Bayardo Arce and Álvaro Baltodano, are seen as desperate measures to consolidate the Ortega-Murillo family's power.
- The failure of the succession plan in 2025 is evident in the panic and internal repression within the party and state apparatus.
- 2026 is anticipated to be a critical year, potentially leading to a democratic or more autocratic future, largely influenced by internal dynamics within the dictatorship.
- Unfavorable global geopolitical shifts, potential regime change in Venezuela, and growing citizen discontent over corruption and economic hardship contribute to the regime's vulnerability.
- Internal fragmentation within the dictatorship, despite current punitive measures, is expected to increase.
- The author stresses that political change in Nicaragua must be driven by Nicaraguans, both in exile and within the country, rather than by foreign governments.
Este año 2025, que está feneciendo, ha sido de gran intensidad política, no solo en Nicaragua, sino a nivel global. El gran protagonista es Donald Trump, que, con su retorno a la Casa Blanca, ha puesto de cabeza al orden público internacional, de tal suerte que pareciera que el cambio de paradigma es inevitable. La doctrina “Monroe” es el colofón de ello.
Si bien esta columna es para tratar de hacer un balance de este año e intentar colocar unas perspectivas de los tiempos políticos que se avecinan, es necesario partir del encuadre geoestratégico, porque será en ese marco en el que se delimitarán las grandes cuestiones políticas. Ignorarlo es, entonces, obviar la realidad. Sobre esto, por cierto, la propia dictadura ha hecho sus juegos de escenarios e interpretaciones.
La pretensión fallida de 2025: la materialización de la sucesión
La dictadura afrontó el 2025 con un objetivo principal: lograr afianzar el proyecto sucesorio en favor de Rosario Murillo ante las ausencias de Daniel Ortega y su cada vez más precaria salud física y mental. Para lograrlo, llevaron adelante la más burda de las enmiendas constitucionales de las que haya registro histórico, no solo en Nicaragua, sino también en Latinoamérica. Quizás algo parecido a una de las leyes fundamentales del franquismo en España: la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947.
La reforma no solo logró positivar la fórmula jurídica sucesoria, que como tal es la copresidencia, sino que le otorgó ex ante los más absolutos poderes a Murillo, con el fin de maniobrar las complejidades de la administración del poder. Es por ello que la copresidencia deja de existir cuando falte uno de los copresidentes y, también, por esa razón, disolvieron los poderes públicos y los órganos constitucionales. Pero ese es solo el plano jurídico, que deviene irrelevante si no tiene garantías políticas. Es allí donde estriba el error de la dictadura.
Ante la imposibilidad de garantizar certeza a la sucesión únicamente con la enmienda de febrero de 2025, procedieron a introducir cuatro iniciativas más de reforma al texto constitucional: la pérdida de la nacionalidad para aquellos nicaragüenses que han adquirido una segunda, con efecto retroactivo; la creación de la Procuraduría General de Justicia y la disolución del Ministerio Público; la cojefatura policial; y la responsabilidad patrimonial de los funcionarios públicos acusados de corrupción. Todas estas iniciativas están vinculadas a allanar, forzosamente, el camino para la sucesión y demuestran las incapacidades del proyecto familiar.
Sin embargo, el reflejo más claro de la desesperación han sido las purgas que se han desatado en todos los niveles de la administración de la dictadura. Hoy, Bayardo Arce, Álvaro Baltodano, Carlos Fonseca Terán, Néstor Moncada Lau, entre otros, son los nuevos presos. Estos son los sacrificados para que la familia Ortega-Murillo pueda ser los Somoza del siglo XXI. Y seguro que vendrán más.
Todas estas movidas, junto con los nuevos jueces de la Corte Suprema, más que manifestar robustez en el seno del grupo político, evidencian que la meta principal de 2025 fracasó y que los daños son muchísimos más que los beneficios obtenidos. El fracaso se muestra en el pánico que cunde dentro del funcionariado del partido y del Estado, con los altísimos niveles de vigilancia y de represión interna que hacen visibles los rechazos al interior del régimen.
Las claves de 2026
El 2026 deberá ser un año clave para un futuro democrático o, por el contrario, mayormente autocrático en Nicaragua. Y no porque sea año preelectoral —eso, con el actual sistema electoral y sus cláusulas constitucionales, es absolutamente irrelevante—, sino por el balance de las cosas dentro de la dictadura. Están entrando al mayor ciclo de vulnerabilidad política debido a factores que se conjugan con la crisis de la sucesión que reseñamos arriba y que en columnas pasadas hemos abordado.
En primer lugar, el escenario global le es desfavorable a la dictadura. Estamos caminando hacia una nueva repartición de áreas de dominación hegemónica en el mundo, y en la región no parece que las alianzas geoestratégicas con Rusia y China sean eficaces, y el caso venezolano da cuenta de ello. Al remozamiento imperial se suma la soledad del orteguismo con los cambios de gobiernos en Sudamérica, aunque es probable que en Centroamérica mantengan el endoso con Honduras, ahora que ha vuelto al poder su socio narco Juan Orlando Hernández.
En segundo lugar, un eventual cambio de régimen en Venezuela tendrá efectos en Nicaragua. Eso lo saben hasta los Ortega-Murillo. Las repercusiones no serán inmediatas por efecto contagio, pero sí cambiarán completamente el juego político para la dictadura. Por eso, las excarcelaciones de presos políticos deben ser interpretadas como mensajes a la administración Trump, lo mismo que las declaraciones públicas en las que reafirman su compromiso en el combate al narcotráfico. No obstante, en ese tema tienen demasiados escollos por sus negocios con el crimen organizado, y la lucha contra el narco hoy es lo que era el enfrentamiento al comunismo durante la Guerra Fría.
Por otro lado, el descontento ciudadano aumenta dentro del país, aunque no se evidencia en las calles, pero sí se palpa en los diálogos entre la gente hastiada de la corrupción, el desempleo, la carestía de la vida y las opulencias con las que viven los Ortega-Murillo y la burguesía que ha nacido producto de la dictadura. El malestar, aunque aletargado y en reposo, es clave para el quiebre de la dictadura y lo será en una eventual salida de esta del poder.
Por último, el factor del desmoronamiento interno de la dictadura. Hasta ahora, las contradicciones han sido sancionadas con cárcel y exclusiones del aparato, pero no puede seguir ad infinitum siendo así. Los niveles de ruptura de los tejidos y las relaciones sociales también tocan a las familias sandinistas y a los núcleos sociales de estas. Y está claro que, mientras ellos viven con lo justo —me refiero a los empleados públicos: maestros, médicos, enfermeros, etcétera—, la nueva oligarquía vive privilegios desenfrenadamente.
La manifestación de algunos de estos factores, que son reales, será clave para el quiebre de la dictadura y el fracaso del proyecto dinástico. Sin embargo, debemos tener algo claro, que es obvio y de lo cual ha corrido ríos de tinta: el cambio político debe ser en Nicaragua, y las propuestas políticas programáticas deben hacerse a la ciudadanía nicaragüense que resiste en el exilio y al interior del país, no al Gobierno gringo, como torpemente piensan los dirigentes más tirados a la derecha del espectro político. Para ello se necesita una hoja de ruta de resistencia política —que no es ideológica ni electoral— que puntee las principales acciones necesarias para llegar al momento en el cual la competencia política se abra sin Daniel Ortega ni Rosario Murillo. Tal hoja de ruta no puede ser declarativa sobre lo que todos los días se le exige a la dictadura; tiene que estructurarse sobre ejes de presión sobre el grupo en el poder y de incentivos para la disidencia del sandinismo, sin dogma ni principismo, sino con los elementos de distinto cuño de los que se nutre el realismo político.