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февраль 1, 2026
Salvador Martí i Puig, politólogo: “Costa Rica vive un desgaste democrático acumulativo”
El investigador del Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca reflexiona sobre las tensiones institucionales y sociales que ponen a prueba el históricamente sólido modelo democrático costarricense

TL;DR
- Costa Rica's democracy, once a regional standout, has been eroding for about 25 years due to neoliberal policies and increasing inequality.
- A gradual "Americanization" is occurring, characterized by greater social stratification, precariousness, weaker middle classes, and rising distrust in politics.
- While Costa Rica's democracy remains more solid than its neighbors, issues of insecurity and migration are present, sometimes amplified for political gain.
- President Rodrigo Chaves is seen as potentially weakening institutions through his rhetoric and actions, drawing comparisons to El Salvador's Nayib Bukele.
- A "Bukelization" of Costa Rica could occur if Chaves aims to change the constitution, which would require a significant majority in Congress.
- Electoral results, specifically whether the officialist candidate wins and secures a large congressional majority, will be key indicators of Costa Rica's democratic future.
Salvador Martí i Puig llegó a Nicaragua a inicios de la década de 1990. La primera impresión que se llevó de la región fue la de dos países vecinos profundamente distintos. En Nicaragua comenzaban a construirse las bases de una democracia incipiente, que apenas sobrevivió hasta 2006 con el regreso al poder del hoy dictador Daniel Ortega. Al sur, en cambio, Costa Rica ya contaba con una democracia consolidada, que había permitido el surgimiento de una clase media estable. “Se percibía un país de renta media bastante cohesionado”, recuerda.
Tres décadas después, Martí i Puig tiene una percepción muy distinta de aquel país que durante años fue considerado un oasis democrático en Centroamérica. El aumento de la desigualdad social, la desafección ciudadana y el auge de discursos de mano dura han tensando su modelo político. En esta entrevista, el politólogo analiza las transformaciones que atraviesa la democracia costarricense, la influencia regional del modelo Bukele y los escenarios que se abren tras los próximos comicios.
Martí i Puig es catedrático de Ciencia Política en la Universitat de Girona y colabora como investigador con el CIDOB y el Instituto de Iberoamérica de la Universidad de Salamanca, en España. A lo largo de su trayectoria ha sido profesor e investigador invitado en universidades de Europa, América Latina y Estados Unidos, y su trabajo se centra en la política comparada con especial atención a América Latina.
Históricamente, Costa Rica se ha presentado como una de las democracias más sólidas de América Latina. ¿Cómo describiría hoy la salud democrática del país?
Tengo la sensación de que el caso de Costa Rica no es nuevo. El proceso de erosión democrática viene desde hace unos 25 años. A finales de los años noventa empiezan a verse políticas de regulación neoliberales que, en cierta forma, erosionan la institucionalidad y hacen que, por primera vez, empiecen a aparecer ganadores y perdedores económicos.
El Estado de bienestar, aunque era modesto, daba a la sociedad una cierta cohesión. La educación, la salud, la infraestructura… la gente percibía esos servicios como dignos. Por lo tanto, es un proceso que se ha cocido a fuego lento.
La crisis de los partidos tradicionales comienza a finales de los noventa, cuando los gobernantes son percibidos como cada vez más incapaces de dar respuesta a las demandas sociales. Ha habido un proceso gradual de “centroamericanización”.
¿Y eso qué significa exactamente?
Máyor estratificación social, mayor precariedad, clases medias más débiles y la aparición de nuevas clases pudientes y ricas. En ese entorno ha habido una mayor desconfianza política. Ese es el marco sin el cual no se entiende lo que ha ido ocurriendo: el hecho de que el PAC (Partido Acción Ciudadana) ganara dos mandatos y la posterior llegada de Rodrigo Chaves. A eso se le suma el aumento de la inseguridad, un tema clásico en América Latina, y la migración nicaragüense, que genera la percepción de presión y que en algunos sectores es vista como un factor de inseguridad. Pero lo cierto es que la economía costarricense ha sobrevivido gracias a la mano de obra nicaragüense, que le ha permitido competir gracias a una fuerza laboral que, en cierto modo, le llegó del cielo.
¿Quiere decir que los frutos de ese proyecto de país —en el que se abolió el Ejército y se apostó por la educación como pilar del desarrollo— duraron hasta finales de los años noventa?
No, más allá. Es difícil decir exactamente cuándo empieza y cuándo termina. Si uno compara Costa Rica con el resto de países de la región, su democracia sigue siendo más sólida, los servicios públicos son más consistentes y existen políticas sociales. No digo que se haya convertido en El Salvador, Nicaragua o Guatemala. Costa Rica continúa rankeándose como uno de los países de renta media con mayor calidad democrática.
Pero ha habido un desgaste…
Sí, ha habido un desgaste acumulativo. Cuando las cosas dejan de funcionar, la ciudadanía se vuelve más desafecta. Y cuando una sociedad se vuelve más desigual, las percepciones de cada estrato social son de mayor desconfianza.
Por lo tanto, si se pierde la confianza de la sociedad respecto a sus semejantes, se genera un problema estructural.
¿Qué tan robustas son hoy las instituciones de Costa Rica —como el Tribunal Supremo Electoral o el Poder Judicial— frente a las presiones políticas y al discurso de deslegitimación que emanan del propio Rodrigo Chaves?
Mi percepción es que, hasta ahora, las instituciones han sido creíbles, sólidas y respetables. Sin embargo, durante este mandato, Rodrigo Chaves ha tensionado los equilibrios. Al final, las instituciones funcionan si todo el mundo coopera. Estados Unidos era un ejemplo de ello, pero esto tiene que ver con la autolimitación y el autocontrol. Si el jefe del Ejecutivo empieza a tensionar y a desprestigiar las instituciones, estas empiezan a debilitarse. La pregunta es cuánto desprecio pueden soportar. Si el objetivo de este presidente es obtener una mayoría de 40 diputados para plantear una Asamblea Constituyente y cambiar las reglas del juego, estaríamos pasando a otro escenario. Ahí podríamos hablar de una “bukelización”. Si no consigue esa mayoría, podría seguir habiendo equilibrios.

Hablaba de narcotráfico y violencia, fenómenos históricos en Centroamérica pero relativamente nuevos en Costa Rica. ¿Cómo están tensionando la democracia y el Estado de derecho?
El tema de la violencia y la inseguridad está en la agenda de todos los países. Es una agenda real, pero muchas veces se sobredimensiona, y esa sobredimensión suele favorecer a las formaciones políticas más de derechas. Por lo tanto, está por verse cuánto hay de realidad y cuánto de construcción política en este fenómeno. Es evidente que la inseguridad en la región es complicada, porque las fronteras son porosas y las redes ilícitas tienen mucho poder.
Lo que está haciendo Chaves es alinearse con el discurso de Bukele: ley y orden. De hecho, Bukele estuvo recientemente en Costa Rica inaugurando la construcción de una cárcel.
Sin duda, es el discurso de Bukele. Evidentemente, Chaves no ha podido impulsar las políticas de Bukele porque estas requieren actuar sin ningún tipo de limitación y sin respeto a los derechos humanos.
¿Cómo interpreta este acercamiento, en un contexto en el que hay una creciente popularidad del modelo Bukele en varios países de América Latina?
Es un gran tema, porque los propios salvadoreños están sorprendidos de que, por primera vez en su historia, tengan a un personaje concebido como un líder de talla mundial. Bukele tiene, hasta ahora, esa aura de ganador, de haber solucionado un problema histórico como el de la violencia. Pero aún no han aparecido los costes de esas políticas, y van a aparecer: hablamos de impunidad, derechos humanos, deriva dictatorial, exilio.
¿El discurso de orden y seguridad de Chaves entra en tensión con la tradición democrática y de derechos humanos de Costa Rica?
Costa Rica ha sido, sin duda, un ejemplo en la región. Quienes empezamos a aproximarnos a Centroamérica en los años noventa la veíamos como un oasis de derechos humanos y democracia. Ojalá no se llegue a una Constituyente. Antes nadie planteaba esta posibilidad, pero ahora es una opción abierta.
¿Qué señales habría que observar para saber si la democracia costarricense se fortalece o se debilita tras este proceso?
La respuesta es bastante sencilla: los resultados electorales. Si gana Laura Fernández (candidata oficialista) y su partido obtiene más de 40 diputados, lo más probable es que se impulse una Asamblea Constituyente y se construya un marco constitucional a su medida, que laminaria los equilibrios, los contrapesos y los mecanismos de control electoral.
Si eso ocurre, Costa Rica se acercará más a sus vecinos del norte.
Ahí podría comenzar una deriva autocrática: primero como un régimen híbrido y luego ya veremos.